Y el mar envuelve
con sus largos dedos de espuma
la tibia corriente vital.
Su cuerpo de agua, conchas y corales
se desliza dulcemente en la costa
color caramelo de la piel tostada.
Las libélulas nacen de gotas aguamarina
fecundadas por el olor a sal y arena,
maduradas al calor del sol y la luz
de la luna plateada y plañidera.
Y se van volando en círculos mágicos
convocando a quien sabe que fantasmas.
Aquella que partió a sembrar estrellas
al fondo del lecho marino
la dulce voz se funde con el rumor de las olas
la vida, el calor, la sonrisa y la palabra
El pensamiento y el amor duermen,
bajo el canto de los barcos;
se transporta en cangrejos
me regala broches de estrellas.
Acaricia a sus descendientes al rodearlos
con remolinos de arena de playa.
Playa que la concibió y a la que vuelve ahora
con los brazos plenos y abiertos de par en par.
Cruzan el cielo augurando eternidad
esas cien mil libélulas tornasol.
Van anunciando a los ojos entornados
la verdad marítima y pura del corazón.
Esos cien mil pares de alas. son su séquito de doncellas
de la reina que es mi abuela, sus pies dorados y benditos
se posan con la suavidad de una pluma
en mis pensamientos en forma de la brisa plena de sal.
Y el mar...el inmenso y misterioso mar,
el mar, el azulado y majestuoso mar;
las libélulas tejen sobre su piel
redes invisibles en las que puedo
volver a hablar con ella.